Historia de la foto: En medio de la crisis humanitaria, una mujer ucraniana pudo reencontrarse con sus dos hijxs en Hungría gracias a la solidaridad de otra mujer que nunca había visto antes. Unas horas antes, del lado ucraniano de la frontera con Hungría, el padre había tenido que separarse de sus hijxs y quedarse en Ucrania para unirse al ejército. Confiando en la solidaridad de lxs extrañxs, le pidió a esta mujer hasta entonces desconocida que los llevara hasta Hungría y los ayudara a reunirse con su mamá (REUTERS/Anita Komuves, 26 de febrero de 2022).

En esta semana, más de medio millón de ucranianxs, migrantes y refugiadxs que vivían en el país debieron tomar, en cinco minutos, la dolorosa decisión de abandonar sus casas y ciudades para refugiarse en otras naciones europeas (ONU, 2022). Estxs refugiadxs se sumaron lxs 850.000 ucranianxs que ya habían escapado de sus hogares a regiones más seguras del país después de la anexión de Crimea por parte de Rusia (IRC, 2022).

Las declaraciones y coberturas periodísticas de algunos políticos y medios occidentales que pintan a ciertos pueblos como más “dignos” de compasión y solidaridad que otros fueron como una patada ninja de hipocresía y colonialismo. Pero el despliegue de racismo y xenofobia por parte de Occidente no nos puede distraer de nuestro sentido de humanidad común con las víctimas de un país soberano invadido por una potencia mundial. Tenemos una historia en común con Europa del Este que va más allá de lxs refugiadxs acogidos por Argentina y otros países latinoamericanos durante el siglo XX.

Primero, para tristeza de lxs que queremos vivir en países más justos y equitativos, todos los países de Europa del Este (incluso Rusia) aplicaron, de una forma u otra, las reformas que llamamos “neoliberales” desde la caída de la URSS. Esto incluyó privatizaciones, adquisición de deuda externa, disminución del gasto público en política social, etc., que llevaron a la concentración de la riqueza y la exclusión de muchxs. Además, tanto en los países de Europa Occidental y del Este, como en Argentina, Brasil, y otros países latinoamericanos, grupos nacionalistas neonazis y neofascistas atentan en contra de nuestro trabajo para construir sociedades más inclusivas.

Nuestros pueblos comparten la experiencia de haber sido oprimidos por líderes de potencias coloniales o imperialistas que creen que otros países les pertenecen. Además, todxs fuimos arrastradxs a guerras sin sentido ni utilidad por regímenes y gobiernos que, para distraer la atención de crisis económicas y políticas internas, fomentaron el odio hacia enemigos externos. Es así que, por medio de invasiones y saqueos, los líderes de Rusia (y antes la URSS) originaron tanto sufrimiento a los pueblos bajo su esfera de influencia, como Estados Unidos en nuestra región.

Es por esto que todxs compartimos el deber expresar nuestra solidaridad con las víctimas, y nuestra desconfianza, preocupación y rabia hacia los «líderes» mundiales que nos conducen la guerra (lo que muchxs conocimos por la frase “sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo”). Cientos de miles de rusxs salieron a las calles de cien ciudades rusas para repudiar la invasión, incluso con 6.500 manifestantes arrestados. Nosotrxs podemos seguir su ejemplo.

Ni Trump, ni Putin, ni Bush, ni la OTAN, ni Biden, ni Uribe, ni Xi Jinping, ni Kim Jong-un, ni Kissinger, ni Tatcher, ni Bashar al-Assad, ni Lukashenko, la Junta Militar de Myanmar, ni la de Sudán. Ningún líder democrático o autocrático exponiendo a nuestros pueblos a la guerra. Ninguna guerra. Nunca más.